Mi primera clase de yoga fue con Andi. Ella impulsó mi inquietud y mi deseo de conectarme con el cuerpo, de hacerle bien, de sentirlo cada vez más. Todo era un universo nuevo, y se parecía mucho a la magia. Costó mucho reemplazarla cuando se fue de Buenos Aires. Su propuesta me resultaba integral: el componente físico era fuerte, había genuino interés porque alcancemos nuestro potencial mediante los asanas, cuidaba nuestra práctica y alimentaba, constantemente, la dimensión espiritual. Sin darse cuenta, quizás, sin inculcarnos ningún dogma, nos guiaba desde un lugar donde la belleza entraba en nuestro cuerpo.

Natalia Monsegur, 29 años, escritora, Buenos Aires.

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